El Día de la Victoria: rojo... blanco y azul


Cada 9 de mayo, Rusia celebra el Día de la Victoria. Desfiles militares, marchas patrióticas y un relato oficial que repite hasta el cansancio: “La Gran Guerra Patria fue ganada por el pueblo soviético casi en solitario”. Es el mito de la victoria roja. Pero la historia real es más amplia, más incómoda y más aliada: roja, blanca y azul.

1. Los tres colores en el campo de batalla

- Rojo (URSS): La sangre. El Frente Oriental concentró entre el 75% y el 80% de las fuerzas alemanas en distintos momentos. Stalingrado, Kursk, Bagration y la toma de Berlín fueron batallas titánicas. La URSS perdió alrededor de 27 millones de personas. Ese sacrificio es innegable y merece respeto.

- Blanco y azul (Estados Unidos): El músculo industrial y logístico. A través del Lend-Lease, América envió a la URSS:
  - Más de 400.000 camiones
  - 13.000 tanques y vehículos blindados
  - Miles de aviones, locomotoras, radios y combustible de alto octanaje
  - 4,5 millones de toneladas de alimentos

Sin esta ayuda, el Ejército Rojo habría tenido serias dificultades para mantener la movilidad y sostener ofensivas continuas después de 1943. El propio Stalin reconoció en privado el valor decisivo de esta contribución.

- Rojo, blanco y azul (Reino Unido y Francia): El tiempo y el segundo frente. Inglaterra resistió sola en 1940-1941. El Día D (Normandía, 1944) y la campaña de Italia abrieron un segundo frente que impidió a Alemania concentrar todas sus fuerzas contra la URSS. La Resistencia francesa y la inteligencia aliada (especialmente Ultra) también jugaron su papel.

Sin cualquiera de estos tres pilares, la guerra se habría prolongado años más… o se habría perdido.

2. El pacto incómodo que el mito oculta

Entre 1939 y 1941, la URSS y la Alemania nazi fueron socios gracias al Pacto Molotov-Ribbentrop. Se repartieron Polonia, los países bálticos y Besarabia. La Unión Soviética suministró petróleo, cereales y materias primas al Tercer Reich mientras este conquistaba Europa Occidental. El Ejército Rojo no era antifascista en ese período: era co-agresor.

La invasión alemana de junio de 1941 fue una traición, no un ataque sin provocación previa al “baluarte de la paz”.

3. La “liberación” y lo que vino después

La toma de Berlín en 1945 incluyó violaciones masivas, saqueos y venganzas que incluso algunos oficiales soviéticos intentaron frenar. Muchos países del Este cambiaron la ocupación nazi por la soviética. Polonia, Hungría, Checoslovaquia o Alemania Oriental pasaron de la Gestapo a la NKVD y luego al KGB.

El contraste posterior es demoledor:

- Europa Occidental y Japón (bajo influencia estadounidense): Plan Marshall, democracias, economías de mercado y milagros económicos.
- Europa Oriental (bajo influencia soviética): COMECON, dictaduras, Stasi, Muro de Berlín, represión en Hungría (1956), Praga (1968) y estancamiento económico.

4. Derrotar a un monstruo no te hace santo

Que la URSS fuera fundamental para derrotar al nazismo no la convierte en heroína moral. El comunismo soviético acumuló su propio historial de horrores: Holodomor, Gran Terror, Gulag, Katyn, deportaciones masivas. Y en otros países: el Gran Salto Adelante de Mao, los Killing Fields de Camboya o las purgas vietnamitas. Usar la frase “pero matamos nazis” como carta blanca moral es un argumento infantil.

Conclusión: una victoria aliada

El 8 de mayo (Occidente) y el 9 de mayo (Rusia) conmemoran el mismo hecho con relatos distintos. La verdad está en el medio: la victoria fue posible gracias a la combinación de la resistencia soviética, la industria americana y la tenacidad británica (con apoyo francés y de otros aliados).

Honrar a los millones de soldados soviéticos caídos es justo. Convertir eso en un monopolio moral y histórico es propaganda. La historia no le debe altares a ningún país ni ideología. Le debe la verdad completa.

El Día de la Victoria no fue rojo.  
Fue rojo, blanco y azul.